Archivo de la categoría: Del pasado

Entrevistas de archivo.

César Hildebrandt: «Lo lamentable es cuando los programas periodísticos dan risa»

En momentos en los que se debate el contenido que ofrecen los principales canales de televisión, así como también la «farandulización» de los programas políticos, me parece interesante destacar esta entrevista que Eduardo Lavado le hizo a César Hildebrandt el 3 de noviembre del 1994 en TV+ de «El Comercio». Son más de diez años, pero parece que la entrevista la hubiera dado ayer.

En distintas entrevistas que ha concedido desde su llegada, Ud. ha tenido palabras muy duras contra los programas políticos de TV, ¿qué está fallando?
Creo que hay una propensión creciente a convertir los programas políticos en programas de entretenimiento periodístico. El sustitutir el análisis, el debate, por una fórmula distractiva que de algún modo divierta, entretenga y haga olvidar otras cosas, es un ejercicio totalmente legítimo, siempre y cuando haya una voluntad de transparencia, que se asuma que realmente es eso lo que están haciendo.

Sin embargo cuando a través de esta revista criticamos a programas que manejan esta fórmula y se siguen considerando serios, nos responden con el argumento de que sus programas son efectivos porque tienen rating. ¿Qué tan necesario es el rating?
El rating es, evidentemente, una dictadura. Mide el éxito cuantitativo de los programas, pero no mide ni la influencia ni la visión «educadora» que pueda tener la TV. Por eso es que aquí no hay programas culturales. El rating es una referencia comercial muy importante ya que la TV es también una industria. Pero convertir al rating en la única referencia válida para establecer una progración me parece un profundo error en un país que, además, necesita la televisión como espejo y como ayuda para formación e información del público.

¿Es la TV un espejo de lo que está pasando o ella misma construye su propia realidad?
En este momento la TV es un espejo cóncavo, como los de esas salas de espejos deformantes. Son muy deliciosos como diversión, pero al final de cuentas uno no sabe qué es la realidad.

Ultimamente somos testigos de coberturas sui generis, como en el caso de las violaciones. ¿A qué cree que responde esto?
Privilegiar manera sistemática y sospechosamente uniforme las noticias de sucesos policiales no es un gran favor que se le haga a la TV. Introducir el reality show de manera brutal, como protagonista, francamente es un acto de prestidigitación que merece una explicación, y es el atajo más fácil para llegar al espectador, mover los resortes más primarios de su sensibilidad. La TV tiene que abatir la dictadura del rating. Hay que convivir con él pero no ser su esclavo.

Han habido propuestas netamente políticas (tradicionales si prefiere) como la Alfredo Barnechea, que fracasaron. Quizás esos programas, e incluso el formato que tuvo su último programa, En Persona, ya no funcionen en nuestro medio.
No creo en eso. El programa político caricaturizado, borroso, errático y plagado de otros contenidos probablemente tenga un éxito distinto, pero el programa político es una necesidad. Lo que se está ensayando una fórmula que nos haga olvidar que la política es, sobretodo, discusión y duda. En los programas se están vendiendo certezas más o menos inamovibles, donde el debate es innecesario y aburrido. Antes había libertad para investigar, había vocación para investigar, denunciar.

¿Todo eso se ha perdido hoy?
Creo que hoy lo que está operando más que la censura, que no existe según me dicen, es la autocensura, que es la fórmula sofisticada, moderna de la censura. No hay necesidad de reprimir ni presionar a nadie, sino más bien de crear un clima en donde el propio productor pueda intuir cuáles son los límites de su accionar. Cuando la autocensura está impregnada, lo que produce son contenidos muy homogéneos. Eso es lo que están viendo muchos espctadores como un síntoma muy sospechoso.

¿Quiere decir que de haber tenido un programa no habría cubierto casos, por ejemplo, como el de Calígula?
Habríamos cubierto el asunto para no pecar de omisión, pero lo habríamos tratado con dignidad, con elipsis, que es la única manera de tratar lo policial de manera elegante, suprimiendo lo explícito en la medida de lo posible.

Al parecer, y muy acorde con la realidad del país, los programas políticos se han informalizado.
Es cierto, aunque el bucear en cierta mugre, en ciertas miserias humanas no es una característica del Perú. La prensa amarilla es muy antigua. Pero el televidente se merece un respeto especial. Un formato como ése se mueve entre la sordidez, la conveniencia oportunista de la sintonía y la ligereza. La prensa amarilla nunca profundiza ni investiga, siempre exagera y crea un mundo ficticio.

¿No cree que ahora programas como los de Gisela o los cómicos realizan una función más política que los mismos programas especializados?
Por lo menos esos programas tienen una representación sociológica más cabal. Son más auténticos. Lo lamentable es cuando los programas periodísticos dan risa.

¿Cómo entonces puede revertirse la situación actual de los programas políticos?
Asumiendo su rol. El problema en este país es que los roles están confundidos. Los empresarios de TV no son precisamente broadcasters sino que tienen además otras empresas e intereses, y esto les genera una vulnerabilidad a la hora de las presiones. Es natural, y legítimo, que los gobiernos presionen sobre la TV. Lo que no es natural es que la TV acepte las presiones y homogenice contenidos en nombre de algunas razones de Estado. Todo se arreglará cuando cada quien cumpla su papel. Los periodistas, los empresarios y los gobernantes, quienes deben dedicarse sólo a su función y no a ser merodeadores de los medios. Sólo así podemos llegar a una democracia, un sistema de mutuas tensiones donde hay siempre un empate de poder. Lamentablemente la TV está inmersa en el proyecto de monopolizar el poder, y los programas políticos no son más que el reflejo de esa metástasis de la autoridad del ejecutivo.

¿Qué papel le espera a la TV en la próxima campaña electoral?
La TV es ahora el eje de las campañas políticas y, además, la fábrica de las imágenes públicas, de los iconos, de los paradigmas, de los valores. Esto es cierto aquí y en la Rusia de Yeltsin. Por eso yo espero que cese este esquema por el cual pareciera que los peruanos vamos a las elecciones carentes de alternativas. La TV debe presentar todas las alternativas, la de Fujimori y las demás, como lo está haciendo la prensa.

¿Y porque la prensa sí lo hace y la televisión no?
Por la misma razón que el régimen chileno de Pinochet permitió que hubieran periódicos de oposición pero controló la televisión. La TV llega de modo masivo, forma opinión de un modo cuantitativamente indiscriminado. En países como los nuestros, con crisis económica y bajos niveles educativos, la prensa es muy importante e influyente, pero, fatalmente, ha dejado de ser masiva.

Para algunos, el apoyo en cámaras que Ud. le dio en 1990 a Vargas Llosa fue un acto de honestidad política pero para otros fue un error, ¿en esta campaña los periodistas deberían definir su posición o mantener su neutralidad?
Es una buena pregunta sobre todo para alguien que hizo lo que yo hice. Me jugué por algo en lo que creía, perdí y me tuve que ir porque las puertas se me cerraron. Pero lo volvería a hacer. Mucha gente puede reprocharle a un periodista haber perdido su neutralidad, pero no me arepiento ya que los hechos me dieron la razón. Lo feo es cuando no se admite ninguna filiación y sin embargo se hace política de contrabando. Lo riesgoso, lo temerario, es pronunciarse. Eso sí, nunca escamoteamos la verdad ni las críticas a la candidatura con la que simpatizábamos. Las entrevistas a Vargas Llosa nunca tuvieron tono genuflexo ni sumiso.

¿Nos parece o su ánimo no está tan cargado como antes?
Creo que eso es notorio. Mantengo mis puntos de vista, pero he ganado cierto sosiego. Antes yo pontificaba, tenía una imagen iracunda; creo que predicaba con cierta espuma en la boca. Quizás fuera necesario en esa época, pero prefiero esta imagen de sosiego. Incluso estoy dispuesto a reconocer los éxitos de este gobierno sin ninguna mezquindad.

Una de sus primeras entrevistas ahora que volvió a Lima se la concedió a Jaime Bayly. ¿Qué opinión tiene de él?
Bayly es un fenómeno lindante con lo maravilloso. Está tocado por alguna gracia misteriosa que lo hace encantador aún cuando haga cosas no tan encantadoras como entrevistar personajes de la marginalidad. Bayly es como Zelig, asume diferentes personalidades, se mimetiza con gran eficacia. El rebusca los cajones de la sociedad peruana, nos desnuda, nos muestra un Perú esperpéntico con personajes surgidos de la penuria. Bayly no tiene reparo en remangarse y operar ese cuerpo doliente que es el Perú. Con su carita de inocente y mosquita muerta él vivisecciona el Perú.